La experimentación económica y política del Mercado Solidario de Rosario

"La experimentación económica y política del Mercado Solidario de Rosario" fue publicada en el libro "El estado postnacional: más allá del kirscherismo y el anti-kirschnerismo" del historiador Pablo Hupert (2011, Editorial: Pie de los hechos, CABA)
El sueño es ver las formas invisibles
de la distancia imprecisa, y con sensibles
movimientos de esperanza y voluntad,
buscar en la línea fría del horizonte
el árbol, la playa, la flor, el ave, la fuente (...)
Intro: Toma de consistencia en el caldo agitado del 2001
Todo comienzo es abstracto, como la línea fría del horizonte que en lo lejano no tiene la arboleda, la playa, la flor, el ave, la fuente...
Antes de la conformación del Mercado Solidario como espacio político de experimentación económica anticapitalista, nuestra primera toma de consistencia grupal estuvo imbricada con la movilización social que durante todo el desarrollo del año 2001 fue inseminando el acontecimiento del 19 y 20 de diciembre. En aquel contexto, entonces, no “habíamos comenzamos” sino que en el principio fuimos incentivados por la fuerza creativa desplegada por los diversos sectores de la sociedad argentina. Conjunto social mayoritario que previamente había sido golpeado, marginado y excluido por las políticas neoliberales que consintieron en aplicar los partidos políticos dominantes, principalmente el peronismo, durante el mandato de Ménem (aunque el período haya comenzado con la hiperinflación alfonsinista y se agotara en sus aspectos más salientes con el gobierno de De la Rua, y muchos de sus principios continúen hasta la actualidad).
Tal vez sea imposible recordar ahora si fue a consecuencia de nuestra práctica como grupo a mediados del 2001, o bien una de sus causas, haber discernido que el intenso movimiento político y social de resistencia que fue erupcionando durante la etapa menemista, presentaba principalmente dos facetas -no siempre distinguibles-, una tensionada en la oposición y reclamo contra las medidas de ajuste, y la otra dirigida a la creación de nuevos espacios de convivencia y autogestión de la sociabilidad.
Ya desde el recomienzo de la democracia en el '83 existieron múltiples movimientos de resistencia al poder hegemónico que marcaron fuertemente, aún en su desventaja y dispersión inicial, el camino de las luchas ciudadanas por derechos democráticos negados por el complejo entramando de la política estatal post-dictadura. El modelo excluyente de este tipo de movimientos lo expresaron la luchas de las Madres de Plaza de Mayo con su emblemático agenciamiento discursivo “Aparición con vida”. La fuerza inesperada de esa consigna se apoyaba en su dirección supra-democrática porque no peticionaba por algún interés sectorial, sino que pasaba por encima de la sustentación de lo democrático como equilibrio de todos los intereses en pugna dentro de lo social, aún sosteniendo el reclamo colectivo de las organizaciones defensoras de los DDHH. “Aparición con vida” denunciaba, por un lado, la práctica represiva del estado (en favor de los intereses minoritarios de grupos económicos y políticos) que había pasado desde el '76 al '81 por la forma criminal fascista de aniquilación de todo cuerpo social que sostuviera cualquier lucha social; y, por el otro, exigía un imposible: la resurrección civil de los asesinados políticos. Y en ese cruce de sentidos, la debilidad extrema de la democracia quedaba debidamente expuesta. El aprendizaje que los movimientos sociales posteriores hicieron de la exposición de esa consigna fue determinante para sostener buena parte de las acciones de resistencia de las políticas neoliberales de los '90, y también pudimos observar en el 2001, de la fuerza necesaria para hacer existir empresas sociales novedosas, hacerlas vivir.
Cuando el historiador Pablo Hupert nos propuso comentar nuestro propia insurgencia en medio del acontecimiento del 2001, donde lo político se reeditaba (¿o se distinguía?) en acciones directas de diferentes sectores sociales que resistían, combatían o creaban a contrapelo de la política entendida como gestión gubernamental dentro del marco de lo estatal, nos impulsó a revisitar nuestra experiencia concreta durante estos 14 años. Dicho de otra forma, su invitación a remontar nuestra experiencia, relacionándola con la postulación que hace Hupert sobre la irrupción de un “Nosotros” como emergente subjetivo acontecimiental post-2001, implicaba que acerquemos nuestro propio pensamiento político activo (nuestra experimentación concreta) a los posibles vínculos con ese “afuera” de las experiencias políticas activadas en lo real, que suponen los diversos conceptos teóricos que se propusieron re-pensar la mencionada política activa “dosmiliunera”.
Si bien nuestra primera experimentación como grupo estuvo desde el principio (en la medida que primero nos constituimos como un grupo de investigación sui géneris del movimiento del trueque) atravesada por “lecturas” motivadoras, cuando no autoverificadoras de un camino posible. Como corresponde a la relación entre las experiencias activas y sus posibles expresiones teóricas, siempre aquellas lecturas mostraron su insistencia abstracta frente a la dispersión compleja de la experiencia concreta en la dureza de lo real. En este intento de volver sobre nuestra propia práctica, entonces, tratamos de presentar principalmente la secuencia de problemas a las que nos fuimos enfrentando y de cuya resolución se fue dibujando un camino posible de intervención experimental en la generación de un campo político-económico no-capitalista. Por otra parte, en este recorrido a través de los problemas “reales”, reconocemos que muchos de esas “lecturas” nos sirvieron de guía, soporte, iluminación, contradicción, cuando no, en algunos casos, de acompañante fóbico (sobre todo en el primer período en el que intentábamos entender algo del universo económico leyendo acerca del problema de la creación de monedas sociales o siguiendo el libro de Heloísa Privavera sobre las redes del trueque en Argentina).
Para el nosotros de aquellos días, decíamos, ambos aspectos entramados de la lucha desplegada en el acontecimiento del 2001: resistencia y creación, concentraban la generosidad posible de lo imposible. Y en la inmanencia de ese movimiento comenzamos a movernos, intentando un reconocimiento cercano de esa otra política que se expandía en la creación de espacios autogestivos y formas positivas de sociabilidad, incluidas las prácticas económicas diferenciales al capitalismo.
Problema I: Invención de nuevas sociabilidades y deseo capitalista
El primer problema que atravesamos, y definió en buena parte nuestro futuro, no se hizo evidente desde el comienzo, que en forma concreta como Nodo de la Red del Trueque Solidario fue en abril del 2002.
Durante los primeros meses posteriores al 2001, en Rosario, como en otras ciudades argentinas, vimos proliferar una gran cantidad de espacios que contenían esas nuevas instancias de sociabilidad política y contención económica que perturbaron durante un tiempo las relaciones características del campo social. Al piquete de los movimientos de desocupados, como sabemos, se sumaron las otras experiencia de encuentro y acción directa: las asambleas barriales, las tomas de fábricas y la expansión de las redes del trueque. Y ese incipiente colectivo de 7 personas que habíamos comenzado una suerte de investigación-participante sui generis en diversos nodos del Trueque, no eramos más que un grupo difuso cruzado por corrientes de amistad, experiencias militantes caducas y pasajes universitarios desviados de la academia. De los movimientos sociales en vigencia en 2001, sólo el Trueque se ofrecía como un lugar totalmente abierto a la experimentación económica en la medida que allí podían caber todas las fuerzas de trabajo libre (por diferencia máxima a los poseedores de alguna porción de capital), tanto sea por estar desempleadas, con empleo precario o con empleo explotado, pero sintiendo que una pequeña parte de esa fuerza libre se podía dirigir hacia un encuentro solidario1.
Más allá de la relativa facilidad de ingresar en este espacio, en principio incentivados a mirar de cerca el fenómeno por la compañera María Elena Pérez, vimos con fascinación el hecho concreto de que en Rosario existieran más de 500 nodos de Truque (entre las dos Redes Nacionales), diseminados en diversas instituciones barriales o en espacios públicos. Y que en muchos de ellos se juntaran cientos de personas a trocar sus capacidades de trabajo dejadas de lado (vueltas a desligar) por el mercado neoliberal2.
Entonces en esa etapa inicial del 2001 coincidimos en entender que el gran articulador subjetivo del trueque, en tanto sistema económico abierto de intercambio de fuerzas de trabajo libre, había sido la puesta en marcha de una moneda social inventada sin el permiso de ningún estamento del Estado. La moneda ya no sería como en su fase precapitalista un flujo descodificado por el capital de comercio, sino una instancia de conjunción de esa fuerza de trabajo libre, constituyente necesaria de la relación característica el capitalismo, y en buena parte desligada del mercado de trabajo explotado vía desocupación endémica. Esta situación desligada era por otra parte la posible condición de volver a religar dichas capacidades de trabajo ociosas, pero esta vez de manera autogestiva, a través del intercambio de los “prosumidores”.
Lejos había quedado el origen del primer Trueque en la localidad de Bernal, Pcia de Bs. As. en 19953, como empresa social de propensión agroecológica. Ya en 2001, el movimiento del trueque se había dividido en dos redes con criterios diferentes, cada una con su propia moneda social, y con una participación estimada en 2 millones de socios prosumidores4 en todo el país.
Si la moneda corriente en la forma dinero abstracto/trabajo abstracto ha permitido la cuadriculación numérica racional compatible entre el capital, el valor de cambio de las mercancía y el valor del tiempo de trabajo socialmente necesario para obtener cualquier mercancía (de allí su capacidad metonímica fetichizante de la relación característica del capitalismo), la moneda social inventada por fuera del Estado solo debía servir a los efectos de viabilizar la circulación de los bienes y servicios producidos para el intercambio dentro del sistema del Trueque y nunca para la compra de trabajo ajeno explotado. Es en este sentido que a pesar de recuperar el poder mediador de intercambio se pensaba que el crédito, en tanto moneda social, mantendría una posición acotada a su función específica, dándole autonomía a los generadores del nuevo movimiento en tanto “prosumidores” (autoconsumidores de la producción colectiva del Trueque).
Sin embargo, además de la potencia desatada por la fuerza subjetiva común en el encuentro de las instancias del trueque, durante ese primer período del 2002, en nuestro acercamiento participante al objeto, también observábamos que estaban presentes en la experiencia apetencias propias de la forma cultural del capitalismo. Esta apetencias amenazaban las nuevas y endebles relaciones de intercambio solidario desplegadas durante los 7 años de existencia del experimento. Se podía reconocer con claridad la forma mercantil, que aunque encerrada en los límites del intercambio, igualmente ponía en juego de manera descarnada la ley de la oferta y la demanda, tensionando un máximo de desigualdad entre aquellos que contaban con un excedente monetario del salario que convertían en un pequeño (y por supuesto acotado) capital de comercio para comprar mercancías de primera necesidad, que justamente por ese motivo escalaban su valor en créditos, distorsionando el valor referencial de los intercambios. De esta manera, la disposición de estos pequeños capitales de comercio comenzaron a perjudicar a aquellos otros que sólo ofrecían lo producido por su capacidad de trabajo.
De la persistencia de la ley de la oferta y la demanda en el trueque resultó la sobrevaloración en créditos de los productos de primera necesidad mercantilizados, y sobre este plusvalor de código comercial motivado en la demanda, se completó el círculo inflacionario en la medida que esos productos a su vez se convertían en insumos de nuevas producciones que también debían “aumentarse” en créditos5.
Describir todas las observaciones que realizamos durante aquellos meses de fines del 2001 hasta comienzos del 2002, resultarían ahora ociosas, más aún luego de que fueran evaluadas también en términos académicos durante los años posteriores a la caída del sistema de las redes nacionales del Trueque hacia fines del 2002. Sin embargo, nos parece importante recordar que esos debates críticos sobre las relaciones de composición y descomposición en pugna dentro del trueque nos sirvieron para tomar la decisión de intentar la construcción de un nodo que, participando dentro de la Red del Trueque Solidario, tuviera algunas características diferenciales al funcionamiento desbordado de los nodos en aquel período.
En abril de 2002, el grupo difuso que comenzó con la investigación-participante en el movimiento del trueque había aumentado a 27 productores de bienes y servicios conformando el Nodo 20 de diciembre, dentro de la Red del Trueque Solidario. Parte del problema estaba demarcado en el primer encuentro de Prosumidores que hicimos: habíamos elaborado un Estatuto de Funcionamiento del Nodo que significaba la puesta en práctica del balance de nuestra etapa de investigación-participante. De los 14 puntos con las “normas y criterios de funcionamiento”6 es importante, en este recorrido, destacar uno en su intento por limitar, por un lado, y redireccionar, por el otro, las prácticas abusivas de algunos participantes del Trueque. La fórmula que propusimos en aquel Estatuto inicial, para bloquear el principal elemento distorsionador del trueque, fue la siguiente: “Los Prosumidores participantes del Nodo 20 de diciembre sólo podrán ingresar a trocar al mismo, trayendo consigo su propia producción. Ningún Prosumidor podrá ingresar sin tener bienes producidos o servicios (profesionales, oficios) ya prestados”7, bajo las condiciones de calidad estipulados por el Nodo. Esta fórmula del acuerdo pretendía aislar aquello que para nosotros era el aspecto más desvirtuado en la práctica del intercambio: la presencia de pequeños revendedores que no producían sus propios bienes o servicios8.
¿No era por efecto de las relaciones características del capitalismo neoliberal que una importante cantidad de personas quedamos en situación constante de inestabilidad y precariedad económica durante los '90? ¿Las diversas invenciones que desplegaron los movimientos sociales alrededor del acontecimiento del 2001, no fueron un intento de religar las fuerzas sociales dispersas propiciando nuevos encuentros de producción y sociabilidad política y económica? La manera en que nosotros, en la preconstitución de nuestro Nodo del Trueque, intentamos articular una respuesta activa a esas dos preguntas fue proponer un acuerdo local de funcionamiento que bloqueara la circulación de las apetencias propias de la cultura capitalista que habíamos visto funcionar en la Red. Si el deseo y el interés dentro de la sociedad difícilmente encuentran un camino dirigido a la emancipación igualitaria, el intento restringido que nos proponíamos era establecer un “acuerdo” basado en las voluntades subjetivadas por el referido acontecimiento político de diciembre de 2001. En nuestro caso, aquellas voluntades que se habían encaminado al encuentro creativo del intercambio solidario con moneda social.
La tensión que veníamos observando en el sistema del Trueque, no presentaba demasiadas alternativas: o se privilegiaba la “extensión” del conjunto participante (los 500 nodos en Rosario, por ejemplo), en la que cada miembro de ese conjunto se presentaba cercado en su propia relación múltiple con la Necesidad como registro inapelable de individuación; o se intentaba un nuevo acuerdo más específico dentro del acuerdo general del Trueque que potenciara la capacidad colectiva de los Prosumidores9.
Otra manera de ver esa tensión era entender que en los mismos actores estaban la voluntad de recrear vínculos solidarios y la búsqueda de resolver una necesidad vital de subsistencia. El problema no era tanto la irresolución de ambas características en la medida en que circulara en el interior de la experiencia sin posibilidad de discernir una de la otra. Sino de llevar el acuerdo de funcionamiento del Trueque a la potencia máxima de la relación entre los Prosumidores, en vez de sostener vínculos que mantuvieran las diferencias de poder propias de la inequidad social.
La crítica más frecuente que nos hacían los “revendedores” que querían ingresar a nuestro nodo (que por otra parte se presentaba muy atractivo porque había muchas producciones de buena calidad) era que los productos que ellos ofrecían movilizaban la circulación del trueque, en la medida en que llevaban al sistema de intercambio la cobertura de las necesidades primarias.
Por nuestra parte, también nos preguntábamos al interior del nodo si el bloqueo acordado de este punto crítico no era una media “esencialista” exterior al verdadero y contradictorio funcionamiento del mundo y por extensión de las prácticas reales de los individuos co-extensivos de la cultura capitalista.
La presencia de “Pequeños revendedores”, si bien terminó siendo el factor determinante de los principales descalabros inflacionarios del sistema del Trueque nacional, no era el único problema que circulaba en el movimiento de intercambio. Y dentro del Nodo 20 de diciembre también comenzaron a aparecer. La intención fundadora como dijimos fue proponer un acuerdo potenciador de las virtudes del trueque, sin embargo tanto el punto problemático principal descripto, como los otros emergentes, debían ser regulados y controlados permanentemente por los que fuimos los primeros coordinadores del Nodo. A ese primer grupo impulsor de la experiencia se nos fue haciendo evidente que no tenía sentido sostener un espacio de coordinación, que cumpliera la función de controlar los precios como manera de enfrentar las distorsiones inflacionarias, sino que todos los problemas debían resolverse en Asamblea directa de todos los Prosumidores que quisieran sostener un acuerdo solidario dentro del Nodo.
Hacia la mitad del 2002, comenzamos a discutir en Asamblea cómo equiparar los valores de las producciones a intercambiar, cómo desarticular la práctica del “acaparamiento” de producciones con alta demanda o cómo lograr la resolución colectiva de las consabidas necesidades de consumo de productos de primera necesidad (sin apelar al ingreso de “revendedores” al trueque tal como planteaba nuestro acuerdo fundacional). En relación a esto último ¿cómo sería posible responder a esa necesidad una vez aislada la forma comercial de la “reventa” y su consecuencia: la forma devaluada de la moneda social? La primer parte de la respuesta era evidente: no había productores de bienes primarios agrícolas en el trueque, salvo un grupo de productores de huerta orgánica que participaban de nuestro Nodo. La búsqueda de esos productores fue entonces parte de la resolución futura que el acuerdo de sociabilidad solidaria que nos propusimos en aquel tiempo debía enfrentar. ¿Pero habría productores campesinos dispuestos a entrar en estas formas de intercambio con productores urbanos? La necesidad individual entonces se convertía para nosotros en una búsqueda genérica que ampliara los límites del sistema del trueque. Pero necesitamos muchos años para comenzar a vislumbrar una respuesta práctica a aquel problema aislado en el comienzo de nuestro recorrido.
Hacia fines del 2002, la mayoría de los nodos del Trueque fueron sucumbiendo a sus propias distorsiones. La poderosa pulsión de la cultura capitalista que nos habita, y que habían activado dentro del trueque una parte importante de sus miembros, demostraba haber sido más recurrente que las voluntades subjetivadas colectivas que se habían encontrado en aquel movimiento social10. El Nodo 20 de diciembre, ya había decidido desvincularse de la Red en la medida en que la interacción con el desastroso funcionamiento general de la misma se fue haciendo cada vez más incompatible con nuestro “acuerdo de funcionamiento”.
En Asamblea decidimos imprimir nuestros propios “créditos”, volvimos a recrear el acuerdo interno, pasamos a llamarnos Trueque Mercado Solidario 20 de diciembre, convertimos en axioma que los miembros de nuevo espacio experimental debían ser productores libres asociados, que nos se permitía la reventa y que adheríamos al movimiento de la economía solidaria entendida como una economía autogestionada y sin explotación de mano de obra. El desarrollo de las Asambleas del nuevo espacio del Mercado Solidario puso en cuestión un nuevo problema: la economía del trueque es de carácter complementario (más aún en el nivel de despliegue mínimo en el que había quedado). Porque no resolvía las necesidades generales de consumo, pero sobre todo porque no agotaba las capacidades de trabajo desligadas de sus miembros.
La participación, que oscilaba entre 60 y 90 personas durante las instancias de intercambio que realizábamos los días sábado, se redujo a alrededor de 30 miembros (más o menos los que comenzaron la primera jornada del Nodo 20 de diciembre), a partir del momento en que nos desatamos del movimiento nacional del trueque para generar nuestro propio espacio de intercambio con moneda social11.
II Problema: ¿Micro o socio emprendedores?
Los caminos que llevan a la construcción de los jardines de la nueva sociabilidad siempre se bifurcan. La elección de uno u otro sendero implicará el abandono de un paisaje conocido, aún en su hostilidad, para entrar en un territorio incierto. Por eso entendemos la construcción de formas de producción, intercambio y consumo no capitalistas como experimental.
Pero la definición del carácter experimental de nuestra práctica llegó con los años. Volviendo a fines del 2002, en aquellos días ya se había resentido el intento duhaldista de recomponer el funcionamiento estatal por la vía de la represión/contención de los movimientos sociales, sumados al relanzamiento de un programa de producción nacional basado en el consumo interno vía devaluación y, por ende, de transferencia de los salarios al capital.
La vía de la represión a los movimientos sociales más activos y contestatarios como los movimientos territoriales, había fracasado rotundamente con el crimen aberrante de los militantes Kosteky y Santillán del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. La actividad social todavía estaba suplementada por la cercanía del acontecimiento del 2001 y por ese motivo no se dejó pasar lo evidente: que la práctica fascista de la polícia de Bs As era concomitante al intento de recomposición de la fuerza del estado gobernado por el peronismo duhaldista12.
Sin embargo, además de las dos vías principales para recomponer la fuerza del estado (devaluación para lograr la recirculación del mercado y represión de lo social) se desarrollaron una batería de medidas de asistencia por medio de “políticas sociales” que en buena medida respondían a las demandas de los movimientos emergentes. De esta manera, los programas de subsidios y asistencia a los movimiento territoriales de desocupados, nuevas cooperativas o fábricas recuperadas, que dieron un impulso impensado al desarrollo del movimiento de la economía social o del trabajo o solidaria, fueron en definitiva resultado directo de la acción acontecimiental del 2001. Aún cuando haya sido (y sea) indiscernible para el conjunto de los actores militantes del movimiento el doble vínculo de los “programas estatales” como intento de reencausar el orden social y como resultante positiva de habar forzado una pequeña transferencia de la masa monetaria del estado para el desarrollo de experiencias de producción asociada.
Esta nueva situación activa del gobierno duhaldista con respecto a las políticas sociales post-2001, reinstaló uno de los programas que se habían comenzado a utilizar a instancias de las políticas neoliberales: el emprendurismo como intento de paliar la desocupación estructural. Como “política” había sido instalada como parche inconsecuente frente a los retrocesos permanente que los gobiernos neoliberales realizan frente a las presiones del mercado del capitalismo mundial integrado, que a su vez son la causa de los aumentos en la tasa de desocupación.
Decíamos más arriba que hacia el final del 2002 ya habíamos aislado nuestra experiencia de la Red del Trueque Solidario, cerrándonos sobre un nuevo espacio: el Mercado Solidario 20 de diciembre13, y que este cierre nos mostró rápidamente, por la baja potencial y real de producciones ofrecidas, el sistema de intercambio interpersonal del trueque era básicamente una economía de carácter complementario. Dicho de otra manera, las fuerzas de trabajo libre (más libres aún por estar desocupadas o por disposición voluntaria a repartirlas con otro trabajo explotado) no podían ser aprovechadas por su real magnitud en un encuentro semanal de trueque. Si bien la asamblea de aquellos días se aferró a sostener el encuentro semanal para el intercambio, también se propuso incentivar las capacidades productivas de manera asociada, cooperativa y autónoma.
Durante todo el año 2003, los miembros del Mercado Solidario 20 de diciembre tratamos de encontrar no sólo un lugar original como trabajadores libres asociados (como decíamos con tiempos totales o parcialmente desligados del contrato explotado por el capital), sabiendo que a diferencia de los movimientos de desocupados no contábamos con un territorio común, o de las fábricas recuperadas no contábamos con saberes técnicos específicos a desalienar poniéndolos en marcha (ni mucho menos contábamos con medios de producción abandonados por el éxodo del capital que se había retirado del mercado productivo para proteger parte de su existencia).
Cada uno de los miembros del nodo de trueque traía o había adquirido algunos saberes técnicos para desarrollar la acción productiva de bienes o servicios. En parte para nosotros, el nombre común elegido, Mercado Solidario, se traducía como un espacio de habitabilidad de capacidades productivas ociosas que pudieran intercambiarse, de allí que la forma del emprendedor (más aún con la carga que implicaban las promesas de subsidios o de asistencia estatal) fuera una opción realmente expresada como actuante de la nueva economía solidaria14. Volviendo al problema al que nos enfrentábamos en el 2003 acerca de la configuración productora que debíamos intentar en el nuevo espacio, jugó un papel importante una distinción que hacía Lucio Salas (ver nota 13), cuando en un encuentro del Foro Social Mundial (Sección Economía Solidaria), en el 2004, planteó que la figura conceptual y práctica del emprendedor era un elemento extraño al nuevo movimiento autogestivo que se había desarrollado a partir del 2001: un micro-emprendedor, decía, de ser posible intentaría ser un gran-emprendedor y si le fuera posible trataría ser dueño de una empresa. En definitiva, la misma lógica engañosa del capitalismo nos tendía otra trampa para direccionar a los desocupados del mercado de trabajo hacia un camino casi imposible: ser un futuro explotador. Otra cosa, decía Salas, era que los miembros desligados del mercado de trabajo se pensaran como fuerzas de producción solidarias entre si. Por esta vía llegábamos a lo que él definía como socioemprendedores.
No significa que esta especie de latigazo conceptual haya sido la causa de una toma de partido, sino que los problemas que en la práctica teníamos, y que tratábamos de solucionar en tanto productores en vías de asociación, se hicieron expresables al interior del grupo y nos permitió tentar un nuevo camino: dejar de ser una sumatoria de “emprendedores/prosumidores” más o menos aislados entre sí, para intentar constituir sin un territorio, o una fábrica a recuperar, una nueva Empresa Social15. Esta decisión sostuvo la consistencia del antiguo grupo de trocadores para dar más adelante un primer paso hacia la asunción política de sostener un nuevo posible en la trama de las relaciones objetivas en la sociedad: experimentar formas de producción diferentes a la relación vampírica que el capital entabla con las fuerzas vitales de trabajo que explota, desde una práctica afirmativa. Sabíamos que otros grupos también estaban dando los mismos pasos que nosotros.
III Problema: El consumo alienado en interioridad
En 2004 seguíamos sosteniendo un día para el encuentro del trueque y comenzábamos a constituir incipientes nucleamientos productivos entre algunos miembros del espacio. A la par tratábamos de encontrar una salida colectiva a la distribución y oferta de las producciones del conjunto. Ya habíamos organizamos de manera autogestiva una feria en la Plaza San Martín en el centro de Rosario16 durante 2003, lugar que no pudimos sostener por la débil fuerza con la que contábamos y que luego fue ocupado por una feria municipal organizada por la recién creada Subsecretaría de Economía Solidaria de Rosario (otra muestra del impacto en la esfera estatal que había tenido el surgimiento de los movimientos sociales post-2001). En resumen, en 2004 sosteníamos un espacio de trueque, una pequeña feria autogestiva, a la vez que participábamos en otras ferias incluida la nueva creada por la Municipalidad. Aunque esta última opción nos obligaba a retroceder a la forma “microemprendedora” en la medida en los programas estatales solo contemplaban la cobertura de personas o grupos familiares constituidos como emprendedores no asociados. Las tensiones que implicaban sostener una feria propia con pocas fuerzas y la dificultad de la relación con el formato que nos imponía el estado para ofrecer nuestras producciones, nos condujo a la idea de armar un almacén propio. Para incentivar el trueque y nuevas formas de asociación entre grupos productores habíamos invitado a diversos colectivos y con ese influjo no pareció viable pensar en el espacio colectivo de un almacén17.
Por otra parte, ya habíamos comenzado a practicar que los productos remanentes del encuentro del trueque permanecieran disponibles más allá del día de intercambio, para que los socios del Mercado Solidario 20 de diciembre pudieran acceder a ellos en otros momentos. Nuestro trueque volvió a movilizarse, las experiencias de producción asociada seguían tomando consistencia y el encuentro con otros grupos nos hacía poner en juego, en prácticas autonómicas, ideas de acción solidaria en su esencia anticapitalista.
Para profundizar la constitución de los “socioemprendimientos” y conseguir un espacio propio de producción, intercambio y oferta de los producciones colectivas, discutimos durante 4 mesas en un “Taller de Economía Solidaria”, cuyo resultado fue la decisión de constituir una cooperativa de producción/trabajo18 y alquilar un espacio para producir y montar el almacén19.
Ya en 2005, con un almacén que no cubría las principales necesidades de consumo, que estaba todavía medio vacío, aunque ya contábamos con algunas producciones de otras organizaciones, nos veíamos a nosotros mismos como productores todavía en proceso de constitución colectiva, y hasta como un espacio de vínculos políticos autonomistas, pero no como consumidores de todo aquello que ofrecía el almacén. Claro que ese nosotros seguía con la práctica del trueque, y por ende el intercambio movilizaba nuestras producciones internas, pero el almacén se estaba direccionando a ser solo un “puesto de venta” (incompleto) hacia el consumidor externo al movimiento. Esto necesariamente, en parte, tenía que ser así porque en definitiva la economía solidaria disputa una parte del dinero en circulación, por el consumo, con el gigantesco mercado capitalista, sabiendo, por otra parte, que el “dinero que ingresa en el bolsillo de los trabajadores nunca es el mismo que ingresa en las cuentas del capital que se engrosa exponencialmente con la plusvalía extraída”. Solo más adelante entendimos que los consumidores, que cuentan con un salario monetario (forma impotente de la moneda), deberían ser parte también del circuito de reproducción económica no explotada. Pero fue un proceso de aprendizaje que comenzamos al enfrentarnos al hecho de que nosotros mismos no consumíamos aquello que otros iguales producían. Esto nos dio la certeza de que la economía solidaria, hasta el momento, solo había tenido potencia para conformar núcleos productivos asociados, y más o menos igualitarios, pero no para proponerse como una verdadera economía “otra” que intentase, aunque sea parcialmente, darse fuerza mutua haciendo circular las producciones de otros vía el consumo propio.
Dicho de otra manera, desde el productor alternativo aislado hasta una fábrica recuperada o una cooperativa autogestiva, todos los actores sociales de esta experiencia heterogénea nos proponíamos, principalmente, como medio para lograr la “sostenibilidad”: la conquista de una porción del mercado de comercio existente. Sin atender a formas de autoconsumo múltiples, aunque sean embrionarias, a partir del intercambio o simplemente de la elección de los productos del mismo movimiento de la economía solidaria20.
Cualquiera de las organizaciones del movimiento de la economía solidaria emergente en 2001 producía para vivir, aunque sea de manera asociativa de eso se trataba: organizarnos para producir de manera más justa. Sin embargo, en un segundo momento (es una forma de decir) esa producción volcada por la comercialización al mercado de consumo, regresa a los socios de la cooperativa o movimiento social productor en forma de dinero, que a su vez vuelve a ser dirigido al mercado de consumo capitalista. Hasta aquí nada nuevo en lo que ya se sabe acerca de la circulación de la mercancía/dinero en el capitalismo.
En definitiva el problema que se nos presentó fue que ninguno de nosotros, en tanto miembros de un nuevo grupo de productores asociados, veíamos la necesidad política de direccionar nuestro limitado poder de compra principalmente hacia nuestro propio almacén. Comprender esta realidad no era, por otra parte, nada del otro mundo: no iba a ser tan fácil enfrentar al enemigo más poderoso de todos los tiempos. Producir de manera cooperativa, aunque no es nada sencillo, fue una respuesta que el movimiento social le dio a un problema objetivo: poder reencausar las fuerzas de trabajo libres que estaban dispersas en bolsones de desocupación, producto de la etapa de políticas neoliberales .
Pero asumir una política coordinada a nivel del consumo no es tarea fácil, por la razón evidente de que el consumo es la fuerza motriz que mueve el sistema de explotación y expoliación del capitalismo y él mismo se ha convertido en expresión ideológica de su potencia. Comprendimos nosotros y otros grupos con los que empezábamos a relacionarnos en red, como se verá más adelante, que el problema del consumo dentro del movimiento de la economía de experimentación anticapitalista, no es solo un escollo a enfrentar dentro de la circulación económica sino un campo de batalla ideológico, en tanto es gestador de fantasías autocomplacientes, cuando no de una nueva tecnología del yo en la mediada que nos propone un falso equilibrio existencial. Y de esta forma cultural que ha asumido el consumo en las sociedades post-industriales, en tanto miembros de lo social, ninguno de nosotros está exento. De allí su dificultad de resolución.
El trabajo de este problema nos reforzó la idea común en muchos otros grupos de que las producciones de nuestros movimientos debían encontrar espacios propios de circulación, autónomos del mercado de comercio formal21. Comenzar a consumir todas las producciones de otras organizaciones que comenzábamos a llevar al nuevo Almacén El Trocadero significó el primer escalón de sostenimiento de ese espacio que habíamos decidido abrir. Nuestro consumo se amplió al de nuestros familiares, amigos y, sobre todo, compañeros del movimiento social. A partir de ese escalón inicial, comenzamos a plantearnos cómo llevar adelante estrategias de consumo organizado en la que participaran los otros trabajadores externos a las prácticas productivas asociativas (en definitiva la mayoría de los consumidores son trabajadores que reciben un dinero-salario, a cambio de vender su fuerza de trabajo, para luego usarlo para cubrir sus necesidades de consumo).
La primera comunicación que hicimos, allá por el 2006, promocionando una bolsa de productos alternativos a los del mercado formal capitalista, con la idea de desarrollar núcleos de consumidores organizados, decía lo siguiente: “se trata de proponer una redirección de parte de nuestro consumo, que no implique un gran gasto emotivo de nuestra parte, sino que algo de lo que gastamos en consumir, lo reenviemos a otro tipo de relaciones económicas, lo dirijamos a las organizaciones de productores organizados que no exploten a las personas, ni al medio ambiente. No somos meros “vendedores” que persiguen un beneficio lucrativo privado desconectado de los demás, estamos incentivando otras formas de relaciones políticas, siendo partícipes de otro tipo de economía”. Aquella primera comunicación incentivando otra forma de consumo tenía mucho todavía de manifiesto de lo que habíamos descubierto en nosotros mismos. No logramos gran cosa, pero, sin embargo, fue una manera de no “ahogarnos en las frías aguas del cálculo” propias de la circulación y el consumo capitalista a poco de haber empezado nuestra experimentación.
La conclusión sintética del problema fue habernos podido decir a nosotros mismos (dentro del movimiento de la economía solidaria): todo consumo es político.
IV Problema: La producción solidaria recapturada por el mercado capitalista
Desde el momento en que tratábamos de volver a incentivar el trueque en nuestro espacio, como dijimos, dirigimos una parte importante de nuestro esfuerzo a establecer asociaciones con otras organizaciones. Desde el 2004, a partir de un viaje que hicimos al Foro Temático: Otra economía es posible: La economía social y solidaria, organizado por el Comité Movilizador del Foro Social Mundial de Buenos Aires, comenzamos a establecer vínculos con muchas organizaciones que se reconocían bajo el nombre “Comercio Justo”. Con algunas de ellas llegamos a conformar un espacio (que nunca funcionó en términos prácticos más que de forma aislada) al que llamamos Red Argentina de Comercio Justo (RACJ). Una actividad importante que desarrollamos en ese período fue participar en la organización del 1º Encuentro Regional de Economía Social Otra Economía crece desde el pié, en Rosario en el 2006, junto al Centro Ecuménico Poriajhú, al Centro de Comercio Solidario Minka y a Cáritas Rosario. A poco de andar en este intento de coordinar la acción económica de diferentes organizaciones surgieron nuevos problemas. Dicho en forma sintética, la mayoría de las organizaciones del “comercio justo” tradicional, no eran productoras de la economía solidaria, por el contrario se veían a sí mismas (en correlato con los formatos del Fair Trade internacional) como espacios de comercialización de producciones campesinas e indígenas que, en el mejor de los casos, favorecieran el encuentro directo entre el productor y el consumidor.
Con las organizaciones con las que avanzamos hasta la conformación de la RACJ, habíamos acordado que el eje del trabajo de circulación económica de las producciones haría eje en la relaciones Sur-Sur, es decir entre organizaciones del nuestro país y de Latinoamérica. En contrapartida al esquema del Comercio Justo que mantenía relaciones tipo Norte-Sur en las que las organizaciones de los pases más pobres en la escala del capitalismo mundial (cuyo eufemismo es Sur) son las proveedoras principalmente de materias primarias y alimenticios (o artesanías) y las organizaciones pertenecientes al Norte donde están los países ricos hacen la veces de comercializadoras22. En definitiva el nuevo problema que distinguíamos era la inconveniencia de mantener la dicotomía dentro del movimiento de la economía solidaria entre organizaciones productoras por un lado y organizaciones comercializadoras por el otro. En fin, la RACJ entro en un impasse político. La forma en que nosotros estábamos intentando enfrentar la relación entre los productores alternativos y el consumidor, era por medio del Almacén El Trocadero, donde movilizábamos nuestra producción y la de otros, sin apelar a la obtención de un rédito comercial, y eso no tenía mucho que ver con la forma tradicional del Comercio Justo.
De ese impasse salimos principalmente junto a la Cooperativa La Asamblearia (C.A.Bs. As.) y el Centro Ecuménico Poriajhú (Cap. Bermúdez, Sta. Fe), organizaciones con las cuales habíamos compartido el proceso de conformación de la RACJ. En definitiva lo que comenzamos a observar era que luego de haber resuelto con diversa suerte las instancias de organización productiva, las organizaciones de la economía solidaria no respondían de la misma manera la pregunta ¿cómo distribuir lo producido? La respuesta generalizada pasó por intentar acceder a distintos canales de distribución comercial de tipo capitalista, como ya dijimos. En este sentido las principales configuraciones que forman parte de la economía solidaria (organizaciones territoriales, movimientos campesinos, fábricas recuperadas, empresas sociales o emprendimientos familiares) han permanecido como islas circunscritas al interior de sus propios límites de cooperación, sin desarrollar un horizonte político común más allá de la búsqueda de la reproducción económica de la vida (aspecto fundamental para las nuevas luchas contra el capitalismo, pero no suficiente).
En definitiva el problema también podría expresarse como una relación diferencial entre el horizonte político común, entendido como la creación de espacios de experimentación de relaciones solidarias no capitalistas que sostengan una vida ocupada en la construcción de lo común (alejada de la competencia de los intereses particulares) y la sola organización de la reproducción solidaria de la vida23.
En definitiva, junto a las organizaciones con las que comenzamos a intercambiar producciones con el objetivo de generar un stock en común, por un lado las producciones propias se diversificaban al ser trocadas por las de otros grupos favoreciendo la oferta, y, por el otro, de multiplicar los nodos de venta de cada organización productora. Desde el 2007, junto a la Cooperativa La Asamblearia (C.A.Bs. As.), el Centro Ecuménico Poriajhú (Cap. Bermúdez, Sta. Fe), la Granja Agroecológica la Vercedita (ciudad de Santa Fe) y el Almacén Ambulante (más recientemente) venimos desarrollando una experiencia de Distribución Solidaria y de Consumo Organizado de nuestras producciones y de otras organizaciones hermanas, en contraposición a la forma de comercialización tradicional24, a la que renombramos Red de Comercio Justo del Litoral25. El horizonte político común que ha construido la Red es el desarrollo de un espacio autónomo y autogestivo de intercambio de las producciones de la economía solidaria y en definitiva anticapitalista, por medio de intercambios que son movilizados por Nodos de Distribución Solidarios (sin agregado de valores por comercialización, o mejor dicho sin la resta de beneficios para las organizaciones). Cada organización de la Red se compromete a ofrecer las producciones de todos, que en realidad gracias al intercambio son las propias diversificadas, constituyéndose a su vez en Nodos de Venta que multiplican las posibilidades de oferta del conjunto. Este proceso de constitución de espacios comunes de intercambio y distribución solidaria, ya pasó por varios estadios de desarrollo26, si bien la experiencia se encuentra activa y logramos constituir los stocks comunes de producciones motorizados por el intercambio y las relaciones de confianza con otras organizaciones, sin la necesidad de recurrir a subsidios o aportes monetarios externos a nuestras organizaciones, el horizontre político anticapitalista que sostenemos se aleja inexorablemente de aquellas jornadas dosmiliuneras inyectadas de participación popular. Y sin embargo, aún en la dificultad y el peligro siempre latente de la dispersión27, todavía nos mantenemos cercanos a aquella corriente subjetiva que buscaba generar espacios habitables autonomizados de la dominación del capital y del control del estado.
V Epílogo
Comenzamos este racconto de la experimentación económica y política del Mercado Solidario de Rosario citando el poema Horizonte de Fernando Pessoa. El advenimiento de problemas y de nuevos intentos por acceder a un camino de construcción positiva de relaciones sociales con una lógica diferente a la capitalista, eran en aquel comienzo del 2001 tan abstractos como la “fría línea del horizonte”.
Tal como puede suceder en las búsquedas políticas emancipatorias: “el sueño es ver las formas invisibles de la distancia imprecisa, y con sensibles movimientos de esperanza y voluntad, buscar en la línea fría del horizonte el árbol, la playa, la flor, el ave, la fuente, los besos merecidos de la Verdad."
Roberto García, socio productor del Mercado Solidario
Sobre "Más allá de Kirchnerismo y antikirchnerismo" de Pablo Hupert
"somos antisistema porque el Estado es antinosotros"
El libro de Pablo Hupert es un capital muy preciado para nuestra experiencia porque reivindica el sentido político del 2001, en su carácter productor e instituyente. Hupert realiza un desarrollo histórico que muestra determinantes de distinto orden (económico, sociales, políticos) que propiciaron que 2001 pudiera ser el germen para muchas nuevas historias, que tienen en particular la potencia de lo colectivo a distancia del Estado y del Mercado.
Se podría haber escrito una historia en que nos hubiéramos ido quedando cada vez más solos frente a un Estado cada vez más pequeño y retraído, y un Mercado que solo exalta individualidades. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió. Nos permitimos, en vez de ello, recostarnos unos sobre otros, buscar formas ingeniosas, encontrarnos, tomar conciencia que lo que hacíamos cotidianamente, en nuestras familias, con nuestros amigos, ayudándonos a resolver las necesidades de la cotidianeidad, podía extenderse. Nos permitimos romper los límites de las familias y los pequeños círculos de amigos, aunque su potencialidad emergiera de allí. Nos permitimos constituirnos en sujetos políticos y definir políticas. Supimos que podíamos resolver el trabajo, la vivienda, el cuidado, corrimos el límite de lo posible. Descubrimos que podíamos encontrar en los otros esa potencia que solos no tenemos, que solo tenemos en el encuentro con otros. Desdibujamos los límites de lo público y lo privado, creando nuevos públicos, en general reduciendo lo privado, pero descubriendo que, en la solidaridad del compañero/a, que tiene el mismo problema que yo, era posible encontrar un aliado. Y así encaramos luchas, nos animamos a decir otra cosa que lo que se decía, a inventar organizaciones, sentimientos, prácticas. Ahora somos organizaciones que disputamos la tierra a Monsanto, que reivindicamos las luchas campesinas e indígenas, que construimos nuestras propias historias y le disputamos sentidos a los historiadores. Que buscamos y encontramos lo que tienen en común nuestras luchas. Nos animamos a inventar lo que no existía. Descubrimos nuestro carácter creador, y ya no lo abandonamos. Y nos seguimos multiplicando, en muchos nuevos nosotros. Ese es el carácter instituyente y productor de 2001, como tan bien logra retratarlo Pablo.
Stella Maris Orzuza, socia productora del Mercado Solidarioárrafo